domingo, 25 de enero de 2015

Excursión.

Viernes, el último día de la semana y ya no más clases. Dos días de descanso, de estar viendo a tus profesores y esos compañeros que no te simpatizan. Ya es diciembre y estás a punto de salir de vacaciones o de terminar un semestre. Vaya que alegra pero un escalofrío recorre tu cuerpo. Recuerdas que te falta un punto para no irte a extraordinario. 
Estás sentado en un camión, el camión de tu escuela con sillones un poco incómodos aunque más cómodo que las sillas de tu salón. Todos gritan, miras alrededor y ves a compañeros de tu salón que saludan a los transeúntes y ríen y otros chavos de tu escuela que ni conoces o tal vez has visto de lejos.
Crees que ha pasado mucho tiempo desde que te subiste al camión, tienes calor pero te imaginas que tendría más si no hubieras traído tu uniforme de educación física.
Por fin llegas, nunca has estado ahí, hay mucha gente, es un lugar grande, una gran fila donde tienes que pagar tu entrada.  Una lona con fondo azul y una frase que dice #SomosLectores.

Haces fila, te piden que pases por un detector de metal mientras revisan tu mochila. Por fin estás dentro. Ves más estudiantes y no puede evitar a ver a una chica con chaleco verde bandera, como de esos que visten en novelas de Televisa y Azteca. Calcetas blancas debajo de la rodilla y una falda gris que no puedes evitar no ver, es que la lleva arriba de la rodilla.

FILG: Feria Internacional del Ligue Guadalajara.

Por: Ana Lilia Pacheco Bautista



 “Va a haber un viejerío” les dijo el chofer del camión y ellos están de acuerdo. A Brandon, Alberto, Víctor, Jorge, Gustavo, Hugo, Gilberto, esto los emociona. Caminan por el pasillo A de la Expo Guadalajara, sede de la 28 Feria Internacional del Libro (FIL), pero no se percatan de que el stand de la SEP tiene tabletas para jugar, o de ese graffiti de una chica con mariposas moradas alrededor. Todos miran al frente, bromean.

Bajan la velocidad. Tres minifaldas grises y calcetas debajo de las rodillas los detienen. “Adiooós”, dice Gustavo a las niñas que pasan a su lado –suéter verde, zapatos negros, calcetas, la falda típica de secundaria, a diferencia de ellos que no llevan uniforme–. Ríen apenadas pero también con gusto; un piropo no le cae mal a nadie.

Otras dos niñas visten playera blanca con cuello café, a tono con los pants. Se encuentran con los galanes. “Catorce y quince”, “segundo y tercero”, les dicen las niñas. Brandon, Hugo y Jorge se hacen a un lado y las dejan pasar; ellas se abrazan como si hiciera mucho frío. Cuando están a dos metros de distancia, no pueden evitar reír mientras ellos siguen viéndolas.

Pantalones flojos a la cadera y playeras holgadas de colores pastel, es la vestimenta de Conexión Siete, como se hacen llamar los chicos. Llevan gorras y mochilas. Miran hacia delante o hacia atrás. No voltean a ningún stand; por eso no se han dado cuenta de que están pasando por Av. Novelistas otra vez.

–Es nuestra primera vez –dice uno de ellos.
–Pero ya vamos a volver a venir –interrumpe otro.
–Nos gustan las portadas, puro libro bonito –dice un tercero iniciando una analogía entre las chicas y los libros.
­–A mí me gustan los libros de futbol –continúa la broma uno más.– Muy buenos balones.

Cinco chicas suben unas escaleras; Conexión Siete no duda en seguirlas. Ríen y parece que llegaron al lugar correcto: un paraíso de colegialas sentadas en grupos de tres o cinco sobre el piso alfombrado. El “atrás y delante” cambia a “abajo, derecha, izquierda”. Es el área Internacional. Un árbol de cartón de dos metros señala el stand de Alemania, pero los chicos no se dan cuenta; a quienes sí ven es a Cristina, Sandra y Ady, falda azul a cuadros y blusas blancas de la secundaria Francisco Márquez; una las 300 escuelas que viene a la FIL cada día.

A Sandra, de 14 años, le gusta que la miren; peina su larga cabellera castaña y voltea a ver a unos chicos de otra secundaria que la miran al pasar.

–Me gusta que me hablen y me pidan fotos, yo no les hablo –dice orgullosa.
–Yo sí vine a comprar libros, pero también a ligar –agrega Ady, de 15 años. Ella, a diferencia de sus amigas, está maquillada.

Caminan por Av. Cronistas y encuentran a Fernando. Le piden una foto. Su piel blanca se torna roja como tomate. Acepta.

–Es una faceta de las niñas –dice con mucha seguridad.– Yo no lo haría, pero las mujeres sí. Yo vine a comprar libros, vine a ver a Xavier Velasco, me gusta mucho. Yo sí veo libros.


Para los demás, los libros, las conferencias, los talleres, carecen de importancia. Importan los números. Importa cuántas veces te ven.

sábado, 24 de enero de 2015

Autobiografía.

Camino por la calle y veo que el cielo se ve tan extraño que me gustaría escribirlo y que las personas lo imaginen al leer mi escrito. Recuerdo que soy una estudiante de comunicación de séptimo trimestre de la Universidad Autónoma Metropolitana y que llevé una semana de crónica en el trimestre. Quisiera poder escribir tan bien que todos pudieran imaginar y sentir que están viviéndolo conmigo. Quisiera poder escribir algo como Crónica de una muerte anunciada, vaya que me metí en ese libro.
Sigo caminando y recuerdo que ya he tomado algunos cursos pero siempre es lo mismo, un día de crónica y nadie lee mi crónica que me esforcé en hacer tal vez yo sea la próxima Capote, Márquez o Kapusciscki.
Me gustaría saber cómo redactar una crónica, para poder contarle a las personas cómo están sufriendo o viviendo feliz otras personas, que sepan que hay algo más allá de una hoja de papel o una liga de internet. Quiero que me lean y pueda contar la verdad o simplemente dar mi punto de vista. No quiero convencer a la gente, sólo quiero hacerle saber.
¿Ya les dije lo bello que está el día?