Por: Ana Lilia Pacheco Bautista
“Va a haber un viejerío” les
dijo el chofer del camión y ellos están de acuerdo. A Brandon, Alberto, Víctor,
Jorge, Gustavo, Hugo, Gilberto, esto los emociona. Caminan por el pasillo A de
la Expo Guadalajara, sede de la 28 Feria Internacional del Libro (FIL), pero no
se percatan de que el stand de la SEP tiene tabletas para jugar, o de ese
graffiti de una chica con mariposas moradas alrededor. Todos miran al frente,
bromean.
Bajan la velocidad. Tres minifaldas grises y calcetas debajo de
las rodillas los detienen. “Adiooós”, dice Gustavo a las niñas que pasan a su
lado –suéter verde, zapatos negros, calcetas, la falda típica de secundaria, a
diferencia de ellos que no llevan uniforme–. Ríen apenadas pero también con
gusto; un piropo no le cae mal a nadie.
Otras dos niñas visten playera blanca con cuello café, a tono con
los pants. Se encuentran con los galanes. “Catorce y quince”, “segundo y
tercero”, les dicen las niñas. Brandon, Hugo y Jorge se hacen a un lado y las
dejan pasar; ellas se abrazan como si hiciera mucho frío. Cuando están a dos
metros de distancia, no pueden evitar reír mientras ellos siguen viéndolas.
Pantalones flojos a la cadera y playeras holgadas de colores
pastel, es la vestimenta de Conexión Siete, como se hacen llamar los chicos. Llevan
gorras y mochilas. Miran hacia delante o hacia atrás. No voltean a ningún stand;
por eso no se han dado cuenta de que están pasando por Av. Novelistas otra vez.
–Es nuestra primera vez –dice uno de ellos.
–Pero ya vamos a volver a venir –interrumpe otro.
–Nos gustan las portadas, puro libro bonito –dice un tercero
iniciando una analogía entre las chicas y los libros.
–A mí me gustan los libros de futbol –continúa la broma uno más.–
Muy buenos balones.
Cinco chicas suben unas escaleras; Conexión Siete no duda en
seguirlas. Ríen y parece que llegaron al lugar correcto: un paraíso de
colegialas sentadas en grupos de tres o cinco sobre el piso alfombrado. El
“atrás y delante” cambia a “abajo, derecha, izquierda”. Es el área
Internacional. Un árbol de cartón de dos metros señala el stand de Alemania,
pero los chicos no se dan cuenta; a quienes sí ven es a Cristina, Sandra y Ady,
falda azul a cuadros y blusas blancas de la secundaria Francisco Márquez; una
las 300 escuelas que viene a la FIL cada día.
A Sandra, de 14 años, le gusta que la miren; peina su larga
cabellera castaña y voltea a ver a unos chicos de otra secundaria que la miran
al pasar.
–Me gusta que me hablen y me pidan fotos, yo no les hablo –dice
orgullosa.
–Yo sí vine a comprar libros, pero también a ligar –agrega Ady, de
15 años. Ella, a diferencia de sus amigas, está maquillada.
Caminan por Av. Cronistas y encuentran a Fernando. Le piden una
foto. Su piel blanca se torna roja como tomate. Acepta.
–Es una faceta de las niñas –dice con mucha seguridad.– Yo no lo
haría, pero las mujeres sí. Yo vine a comprar libros, vine a ver a Xavier
Velasco, me gusta mucho. Yo sí veo libros.
Para los demás, los libros, las conferencias, los talleres, carecen
de importancia. Importan los números. Importa cuántas veces te ven.
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