miércoles, 24 de febrero de 2016

   Mi mamá siempre me ha preparado para la muerte diciéndome que es algo que nos debe llegar y debemos afrontarlo de la mejor manera.

   Un julio de 2001 llegó Tobi a la casa, mi padrino nos lo regaló. Era taan pequeño que cabía en la caja de jabón Zote. Nunca había tenido un perrito así que era lo mejor regalo que había recibido. Jugué con él toda la tarde y a la noche él debía dormir afuera, dentro de la caja y yo dentro de mi cama. Él lloró mucho y yo también, no quería separarme.

   Al día siguiente desperté muy temprano para jugar con él aunque sabía que debíamos educarlo: dónde hacer del baño, dónde no, dónde entrar y dónde no. 
   Pasó el tiempo, crecimos, jugamos, disfrutamos, nos enojamos y lloramos.
   
   Tobi es muy fuerte. Un día regresando a la casa un perro de pelea lo mordió y revolcó, estaba muy lastimado pero sobrevivió. Años más tarde se enfermó por comer algo en la calle; sobrevivió.
Un vecino tenía una perrita que iba a buscar a Tobi a la casa. Tobi tuvo hijos y una amenaza de muerte si volvía a hacerlo; todo un galán.
Recuerdo un 10 de mayo, ya no ladraba, no se paraba, estaba muy enfermo y yo muy triste. Lo llevamos al "pediatra" como decía mi papá. Lo cuidamos pero al día siguiente no despertaba "está muerto" dijo mi mamá y mi papá lloró, él casi no llora. Tobi seguía vivo.

   Sabemos que los perros viven menos de 20 años y lo puedo ver, Tobi ha cambiado, ya casi no escucha, casi no ve, casi se enoja, casi camina pero come mucho aunque está muy delgado.
Le gusta salirse de la casa, dar la vuelta a la manzana y regresar muy enojado porque fuimos a buscarlo. Esta vez no regresó.

   Ha pasado casi un mes y no está, lo hemos buscado y no lo encontramos. Tengo miedo que coma algo y le duela su pancita, que encuentre un perro y lo lastime.

    Es triste llegar a la casa y que no me reciba, que me despierte o se duerma a mi lado, que esté a mi lado cuando lloro, que haga popó en mi cuarto recién trapeado solo porque no le di de mi comida.

   Cuando tenía 10 años tocaron a la puerta y él salió, cuando lo iba a agarrar se atravesó y me caí provocándome una herida que ahora es una cicatriz la cual siempre quise tener de recuerdo para cuando muriera. Miro diario mi cicatriz, lloro y me pregunto ¿dónde estará?

   
Estoy tan preparada a la (su) muerte que olvidé aprende a enfrentar una (su) desaparición.

jueves, 22 de octubre de 2015

Escape




“¿Cómo llegué aquí? Fuck, estoy secuestrada. Tengo que escapar” decía Fernanda mientras trataba de ver algo a su alrededor. Estaba acostada en una cama dentro en un cuarto oscuro y no recordaba cómo había llegado ahí. Volteó y vio alguien durmiendo en otra cama. Era su secuestrador.

Fernanda se levantó de la cama y caminó de puntitas para no ser escuchada.  Llegó a la puerta, quitó el seguro y salió. Al cerrar la puerta, no tuvo precaución y esta hizo un fuerte ruido.


“Carajo, otra vez” dijo Fernanda mientras tocaba la puerta. Era sonámbula.

Trasnochar

El atardecer de hoy es diferente, no es caluroso como en los días anteriores. El cielo es rosa y tan hermoso que me invita a mirarlo en vez de regresar a casa. Debo regresar antes de que anochezca con demás que me cae tan mal ¿por qué debo ir con ellos? Siempre hablando al mismo tiempo sin que se les entienda, al dormir y al despertar.
Me gusta estar aquí, en la rama de un laurel viendo cómo los niños escalan el árbol y tratan de llegar a donde estoy, nadie lo ha logrado. Me gusta cómo el aire mueve las hojas, esa melodía que no encuentro en otro lugar.
Cierro mis ojos para poder disfrutar más este momento. Puedo percibir un olor en la tierra mojada, algo se mueve y escucho una voz en mi cabeza que me dice “ver por él”, bajo corriendo pero es demasiado tarde, lo he perdido pero el olor a pasto mojado me invita a estar sobre él.

Desde ahí veo cómo el sol me dice adiós y el rosa que pintaba el cielo ahora es sólo una línea roja que se desvanece. Puedo olerlo, ese aroma que aparece en todos mis sueños, todos los días. Debo encontrar qué es, quién lo produce, dónde está. Hago círculos y no lo encuentro, voy de un lado a otro guiándome por el olor que cada vez es más fuerte hasta que llego.

Una luz lo ilumina. Siento que estoy soñando. Me pregunto si el olor es la combinación de aquella hermosa luz y ese arbusto lleno de flores blancas. Me acerco, cierro los ojos y aspiro profundo mirando al cielo. Exhalo al mismo tiempo que abro mis ojos. Una esfera blanca me saluda. Era ella, la luna, que me invitaba a regresar con los demás guiándome con su luz mientras yo iba entre los árboles sintiéndome afortunado.


Jamás volveré a dormir temprano.

Tecnología

Un hombre baja de un autobús, mira a su alrededor y ve a una mujer sonriendo desde un café. Él se congela con esa sonrisa y piensa que es su oportunidad para hablarle a una mujer. Él era muy tímido pero ese día sentía que iba a ser el mejor.
Cruza la calle sin darse cuenta que están a punto de atropellarlo.
“Hola, soy Felipe, ¿tú cómo te llamas?, Hola, soy Felipe, ¿tú cómo te llamas?, Hola, soy Felipe, ¿tú cómo te llamas?” repetía cada vez que daba un paso en cruzar la calle, habrá dado unos 20 pasos y faltaban otros 20 para llegar a la mesa de aquella chica sonriente.
—Hola, ¿tienes facebook?— le dice Felipe tan rápido que ni él entendío qué dijo—yo sí y quería agregarte y ahí platicamos y después podemos salir, ¿Qué te parece?—le propuso a la chica.
La sonrisa que tanto le había gustado a Felipe se borró, al igual que todo a su alrededor. La imagen comenzó a verse granulada, como cuando una televisión pierde señal.
Felipe se quitó sus gafas; se había ido el internet y sin éste sus gafas de realidad virtual ya no servían.







Abrazo


Un hombre baja de un autobús, mira a su alrededor y ve a una mujer sonriendo frente a él. El aire mueve la larga cabellera negra de ella y los débiles rayos de sol hacen que se vea aún más hermosa.
Él camina hacia ella mientras guarda su libro en la mochila y saca algo que ella no podía distinguir desde donde está. Los corazones de ambos laten tan fuerte que opacan el sonido de los motores, las pláticas de la gente, las risas de los niños y todo el sonido que hay alrededor.
Solo escuchan los latidos de su corazón mientras camina uno hacia el otro para encontrarse.
Caminan rápido sin llegar a correr. Las manos de ella tiemblan, él sonríe sin dejar de caminar y de pronto, la cintura de ella se encuentra con las manos suaves de él.
Se abrazan tan fuerte que la nariz de ella se hunde en el cuello de él. Ansiaba tanto ese momento. Pasaron varios minutos abrazados sin decir nada, con los ojos cerrados.
Ellos podían sentir cómo sus corazones estaba juntos y latían muy fuerte diciéndose todo lo que no se habían dicho en el año que llevaban sin verse.
Después de varios minutos se despegaron, se miraron a los ojos, abrieron la boca al mismo tiempo para decir una frase que llevaban años guardando: Te quiero.


Besos de ceniza

Un hombre baja de un autobús, mira a su alrededor y ve a una mujer sonriendo mientras ve su celular y niega con la cabeza. Acomoda su cabello detrás de la oreja sin dejar de mirar su celular. Él está a un metro de ella, mirándola sonreir; él también sonríe. Ha esperado este momento desde hace un mes en que la vio por primera vez en la misma parada. Al igual que la primera vez, era una noche fría.
Mientras se acomoda su corbata recuerda lo linda que le pareció, las ganas que sintió de hablarle y la prisa que llevaba para llegar al trabajo “pero está vez no será así” pensó. Algo en ella hizo que desde aquel día no dejara de pensarla.
Le había hablado de ella a sus amigos, de las ganas que tenía de conocerla, saber su nombre, saberlo todo. Ellos no entendían por qué estaba obsesionado. Pasaba horas en internet tratando de encontrarla pero nunca lo consiguió.
Ella dejó su celular y volteó a verlo. Le sonrió y le dijo —te he estado esperando, Fernando— Él se sorprendió, no entendía cómo ella sabía su nombre —Creí que nunca volvería a verte ¿has pensado en mi? Ven, platiquemos.— Fernando se sentó junto a ella y esta lo besó.
Fernando cerró los ojos para disfrutar aquel besó que tanto había anhelado pero no lo imaginó así. Los labios de aquella chica eran fríos y él ya no podía moverlos. Trató de abrir los ojos pero tampoco pudo. El frío de la noche le impidió moverse, estaba congelado.
Cuando abrió los ojos, miró hacia el piso y vio que ahí estaba, con los ojos cerrados y mucha gente alrededor. Estaba muerto.