El atardecer de hoy es diferente, no es caluroso como en los
días anteriores. El cielo es rosa y tan hermoso que me invita a mirarlo en vez
de regresar a casa. Debo regresar antes de que anochezca con demás que me cae
tan mal ¿por qué debo ir con ellos? Siempre hablando al mismo tiempo sin que se
les entienda, al dormir y al despertar.
Me gusta estar aquí, en la rama de un laurel viendo cómo los
niños escalan el árbol y tratan de llegar a donde estoy, nadie lo ha logrado.
Me gusta cómo el aire mueve las hojas, esa melodía que no encuentro en otro
lugar.
Cierro mis ojos para poder
disfrutar más este momento. Puedo percibir un olor en la tierra mojada, algo se
mueve y escucho una voz en mi cabeza que me dice “ver por él”, bajo corriendo
pero es demasiado tarde, lo he perdido pero el olor a pasto mojado me invita a
estar sobre él.
Desde ahí veo cómo el sol me
dice adiós y el rosa que pintaba el cielo ahora es sólo una línea roja que se desvanece.
Puedo olerlo, ese aroma que aparece en todos mis sueños, todos los días. Debo
encontrar qué es, quién lo produce, dónde está. Hago círculos y no lo
encuentro, voy de un lado a otro guiándome por el olor que cada vez es más
fuerte hasta que llego.
Una luz lo ilumina. Siento
que estoy soñando. Me pregunto si el olor es la combinación de aquella hermosa
luz y ese arbusto lleno de flores blancas. Me acerco, cierro los ojos y aspiro
profundo mirando al cielo. Exhalo al mismo tiempo que abro mis ojos. Una esfera
blanca me saluda. Era ella, la luna, que me invitaba a regresar con los demás
guiándome con su luz mientras yo iba entre los árboles sintiéndome afortunado.
Jamás volveré a dormir
temprano.
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