Un hombre baja de un autobús, mira a su alrededor y ve a
una mujer sonriendo mientras ve su celular y niega con la cabeza. Acomoda su
cabello detrás de la oreja sin dejar de mirar su celular. Él está a un metro de
ella, mirándola sonreir; él también sonríe. Ha esperado este momento desde hace
un mes en que la vio por primera vez en la misma parada. Al igual que la
primera vez, era una noche fría.
Mientras se acomoda su corbata recuerda lo linda que le
pareció, las ganas que sintió de hablarle y la prisa que llevaba para llegar al
trabajo “pero está vez no será así” pensó. Algo en ella hizo que desde aquel
día no dejara de pensarla.
Le había hablado de ella a sus amigos, de las ganas que
tenía de conocerla, saber su nombre, saberlo todo. Ellos no entendían por qué
estaba obsesionado. Pasaba horas en internet tratando de encontrarla pero nunca
lo consiguió.
Ella dejó su celular y volteó a verlo. Le sonrió y le dijo
—te he estado esperando, Fernando— Él se sorprendió, no entendía cómo ella
sabía su nombre —Creí que nunca volvería a verte ¿has pensado en mi? Ven,
platiquemos.— Fernando se sentó junto a ella y esta lo besó.
Fernando cerró los ojos para disfrutar aquel besó que tanto
había anhelado pero no lo imaginó así. Los labios de aquella chica eran fríos y
él ya no podía moverlos. Trató de abrir los ojos pero tampoco pudo. El frío de
la noche le impidió moverse, estaba congelado.
Cuando abrió los ojos, miró hacia el piso y vio que ahí
estaba, con los ojos cerrados y mucha gente alrededor. Estaba muerto.
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